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Durante más de un siglo se consideró vano, y hasta improcedente, definir el arte o, al menos, esbozar un concepto suyo o hilvanar los contornos de su ámbito. Pero hoy la disipación de tales contornos exige continuas referencias a los límites que acotan el objeto-arte para justificar su existencia y acreditar la actualidad de su idea. Esa exigencia, por otra parte, viene motivada por el hecho de que lo más interesante del arte contemporáneo ocurre apretado contra esos límites y, en parte, fuera de ellos. Esta es una cuestión fundamental del pensamiento crítico de nuestro tiempo: qué es y qué no es arte; es decir, hasta dónde el olvido de los límites y la incursión en el mundo de las realidades cotidianas o extraordinarias constituye obra.

 

La otra cuestión, consecuencia de la primera, tiene que ver con la política de la mirada. Si el arte es contingente, no viene determinado por un concepto anterior a su puesta en obra, sino que depende de circunstancias de posición y coyuntura: de cómo es presentado a la mirada. A diferencia de la visión escópica, la mirada se encuentra interceptada por el deseo y, por ende, acuciada por la falta. El arte se nutre de esta oposición entre el orden visual (el de la mirada, el de la imagen) y el orden visible, que busca verificar la existencia de algo-otro por debajo de la trama de las apariencias. La mirada busca lo que no termina de aparecer, lo que está en otro lado, pero no como si fuera una sustancia recóndita, invisible, sino como si estuviera fuera de campo o dispuesto de modo tal que la recta visión no pudiera divisarlo. Lo que está dispuesto en modo imagen: lo que está y no está. O lo que está situado en posición de anamorfosis, ladeado.

 

La obra de Dimitri Kosiré agrega otra torsión al complicado trayecto de la mirada: se acerca desde afuera (o desde el umbral) a diversas situaciones pletóricas de visualidad, que pululan en diferentes concentraciones urbanas del Paraguay. Los puestos de venta de artículos infinitamente dispares, que van desde productos naturales hasta objetos artesanales, industrializados y electrónicos, configuran intensos entreveros capaces de conformar figuras que van más allá de la individualidad de cada objeto expuesto ante la mirada. Ésta debe someterse a una potente avalancha de formas, colores, texturas y significados diversos, opuestos en general. Y tal abigarramiento constituye a la vez un obstáculo y un desafío para la mirada. Y desarregla la lógica del mercado al esconder a medias cada mercancía en la trama torrencial del conjunto. Esta contradicción del objeto- mercadería, que se muestra retrayéndose, constituye el momento que más interesa al artista. Dimitri ve en estos batiburrillos, que él llama genéricamente “tienditas”, momentos estéticos (abiertos por otra estética) y poéticos (movido por otra poesía), ajenos unos y otros a la economía rentable que mueve el mercado.

 

La lógica puramente instrumental, basada en el cálculo y el beneficio, se ve perturbada por desvíos que empujan la mirada en direcciones distintas y promueven líneas de fuga y zigzagueos desatinados. El exceso siempre remite a una ausencia: lo que sobra acá es lo que allá falta. Y esta ecuación, improcedente en los términos del consumo, es perfectamente válida en el circuito de la imagen, que se enriquece desplazando y dislocando sus partes: impidiéndolas coincidir en el significado estable del stock exhibido para la venta (interrumpiendo la constitución de fetiches contabilizados).

 

El desvío del objeto de su destino de mercancía desarregla el orden diseñado de la exhibición: de hecho, las tienditas presentan los objetos entreverándolos, potenciando la interacción de las figuras mediante la asociación antojadiza de colores, de tramas, de figuras inventadas por la memoria, el antojo o el anhelo de un objeto cualquiera, iluminado por la profusión de tonos, excitado por las razones de la destemplanza.

 

Dimitri convierte este desarreglo de la exhibición en el principio de una representación diferente, vinculada con la cultura popular y las maneras alternativas de concebir lo bello. Al margen de los cánones del arte consagrado, lo belleza no se fundamenta en la armonía, el equilibrio y la unidad del conjunto: puede resplandecer, breve, turbiamente, provocada por la fricción de elementos disonantes. Puede asomar, esquiva, por entre la promiscuidad de figuras encimadas, de colores discordes y de formas chocantes. Porque la razón de las estéticas diferentes (de las estéticas contemporáneas, en última instancia) depende de la oscilación de la mirada, que, al titubear entre un objeto u otro, renueva significaciones, inestables siempre, pero intensas como incisiones que punzan la estridencia de lo presentado. Y lo hace buscando las verdades-otras: las excluidas de las claras vitrinas del mercado total y amparadas por la confusa prodigalidad de los mercadillos locales.

 

Ticio Escobar

Marzo, 2017, Asunción.

 

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