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La obra de Dimitri Kosiré, se alimenta en las fuentes de la vida cósmica. Su creación se une a las constantes metamorfosis. En su propósito de superar la representación, su universo nace de fuerzas contradictorias y complementarias, reinventando un paisaje original que se abandona al vacío movedizo sin principio ni fin, un vacío animado por el aliento universal.

 

El poder del arte hace visible lo invisible hasta su intervención. Mental o imaginario, el paisajismo lírico del artista desencadena en nosotros un júbilo en el cual la emoción se une al intelecto con una sola intención, haciéndonos partícipes del demiurgo poder del pintor. Rechazando toda función descriptiva, su pintura sólo se dirige a nuestra emoción que según un fenómeno oxímoron, nos propone imágenes que nos parece conocer.

 

El lienzo es la apuesta por un eterno renacimiento. Su superficie experimenta una primera epifanía de signos, colores que se entrelazan bajo la presión de una energía infinita e inagotable como la vida. Es ella la que dirige la formación de los mundos y sus mutaciones sometidas a alquimias de materiales. Mutadas por un gesto a la vez espontáneo y controlado, las formas pictóricas se convierten en estratos, capas sucesivas excavadas dentro de una pintura geológica. Se nos dan las pistas y proliferan las metáforas. Nebulosas oscurecidas o lechosas, las pelitres apariciones, los depósitos, los moteados, los flujos, floraciones del cielo y de la tierra, de los océanos, de los volcanes, de los bosques. Frente a esta inmensa marea de color y materia, sujeta entre el espesor de la pasta, por las transparencias de los abismos fluidos, engarzada por concreciones dadas por una paleta extravagante, paisajes improbables que nos conmueven y nos emocionan. Y sin embargo...

 

Colores entregados a su único poder expresivo que estallan ante nuestros ojos, un blanco y un negro abisinio que sólo representan su propia entidad, son los que se observan en la naturaleza. Pero Dimitri Kosiré trastorna los hábitos de nuestra mirada, nos desorienta y nos lleva hacia un espectáculo en el que los cataclismos encendidos y tenebrosos ceden frente a los claros amaneceres. Las sutiles combinatorias que construyen sus pinturas no tienen otros orígenes que el lirismo singular del artista que persigue la armonía a través de los antagonismos. Los valles alcanzan las montañas, las cascadas a los mares atravesados por las convulsiones del Ser. El hombre cohabita en su pintura. Se encuentra en la ética de un arte que ejerce, animado por un impulso irrefrenable que nos hace partícipes proyectándonos fuera de nuestro ser.

 

Lydia Harambourg

Miembro correspondiente del Instituto Academia de Bellas Artes (Paris)

Historiadora y critica de arte